Roberto C. Lecaros: «Habitar el pulso es permanecer presentes en el fluir de la vida»
El nuevo álbum del contrabajista reúne seis composiciones originales para trío que exploran la escucha, la improvisación y la experiencia de habitar el presente desde el jazz.
1. Habitar el pulso nace en un momento de profundas transformaciones personales. ¿Cómo se convirtió esa experiencia en el punto de partida de este disco?
Creo que la música apareció como una forma de acompañar un momento que no podía explicar con palabras. La partida de mi padre y el nacimiento de mi hijo ocurrieron en un período muy cercano, y eso cambió completamente mi manera de mirar la vida.
No me propuse escribir un disco sobre esos acontecimientos; simplemente empecé a componer desde ese lugar. Con el tiempo entendí que todas las piezas estaban conectadas por una misma idea: aprender a habitar el cambio, la continuidad de la vida.

2. El título del álbum tiene una carga muy poética. ¿Qué significa para ti «habitar el pulso» y cómo ese concepto atraviesa las composiciones?
Para mí, el pulso es mucho más que el ritmo. Es una forma de estar presente, es aquello que permanece cuando todo parece transformarse. Es la respiración, el tiempo compartido, la memoria y también la vida que continúa. Habitar el pulso es aceptar que no podemos detener el movimiento, pero sí aprender a vivir dentro de él. Esa idea está presente en todo el disco, no como un concepto intelectual, sino como una manera de hacer música. Creo que el jazz tiene algo profundamente humano: nos recuerda que el presente no es un lugar de paso, sino el único lugar donde la música puede suceder. Tal vez por eso improvisamos. No para escapar de la incertidumbre, sino para aprender a habitarla.
3. Has dicho que este no es un disco sobre la muerte o el nacimiento, sino sobre la continuidad de la vida. ¿Cómo se expresa esa idea en la música?
Me gusta pensar que hay un momento en que una generación entrega algo a la siguiente. No hablo solamente de una herencia familiar, sino de una forma de estar en el mundo. En la música eso aparece a través del diálogo entre la composición y la improvisación. Hay elementos que permanecen y otros que cambian constantemente. Esa tensión entre continuidad y transformación es el corazón del disco.

4. En este proyecto vuelves a compartir escenario con Óscar Pizarro y Matías Mardones. ¿Qué hace especial la sonoridad y la interacción de este trío?
Con Óscar y Matías existe una confianza, una complicidad que se ha construido tocando juntos durante años. Eso permite que la música respire con mucha libertad. No sentimos la necesidad de llenar todos los espacios; muchas veces lo más importante es escuchar. Creo que el sonido del trío nace justamente de esa escucha y del respeto por lo que cada uno propone en el momento.
5. Después de La danza invisible, un disco que tuvo una muy buena recepción y fue nominado a los Premios Pulsar, ¿qué nuevos desafíos compositivos te planteaste para este álbum?
Más que buscar algo complejo, quise escribir una música más honesta, atreverme a mostrar fragilidad, silencio, duda o sencillez. Si bien la música iba apareciendo, me interesaba que cada composición tuviera un propósito claro y que cada nota estuviera al servicio de la emoción, no del virtuosismo. Sentí la necesidad de confiar más en el silencio, en los espacios y en la interacción del grupo. Creo que este disco tiene menos respuestas y muchas más preguntas, y eso me parece un lugar muy fértil para crear. Aprendí a confiar en que la música no siempre necesita explicar; a veces
basta con acompañar. Tiene una conexión más directa con lo que estaba viviendo.
6. Tus composiciones suelen dejar mucho espacio para la improvisación y la escucha colectiva. ¿Cómo conviven la escritura y la libertad dentro de tu música?
Siempre he pensado que una composición no termina cuando se escribe. Recién empieza a vivir cuando otras personas la interpretan. Me gusta escribir música donde sus estructuras den una identidad a cada obra, pero que al mismo tiempo permitan descubrir cosas nuevas en cada concierto. La improvisación no aparece para romper la composición, sino para dibujar sobre la armonía, para completarla. Me gusta pensar que la composición propone un camino y que la improvisación nos
enseña a recorrerlo. La primera ofrece una dirección; la segunda nos invita a
escuchar, responder y descubrir lo que solo puede aparecer cuando habitamos
plenamente el presente.

7. Como compositor, ¿sientes que la música puede ayudarnos a comprender experiencias tan profundas como la pérdida, el amor o el paso del tiempo, o simplemente a acompañarlas?
No sé si la música entrega respuestas. Más bien creo que nos ofrece un espacio donde podemos convivir con preguntas que probablemente nunca vamos a resolver, pero sin duda nos acompaña mientras vivimos diferentes experiencias en este plano. En mi caso, componer fue una manera de permanecer junto a esas experiencias sin intentar explicarlas. Y creo que eso también puede ocurrir con quienes escuchen la música de este disco.
8. Tu padre, Roberto Lecaros, fue una figura fundamental del jazz chileno. ¿De qué manera dialoga este disco con su legado?
Mi padre fue una presencia muy importante en mi vida, no solo por la música que hizo, sino por la forma en que entendía el oficio y la creación.
Habitar el pulso no busca hablar de él ni rendirle homenaje de manera explícita. Lo siento más bien como una conversación silenciosa con todo aquello que permanece en nosotros a través de las personas que amamos. Hay gestos, maneras de escuchar y formas de entender la música que siguen viviendo mucho después de que alguien ya no está.
Más que pensar en un legado como algo que se conserva, me gusta entenderlo como algo que sigue transformándose cada vez que volvemos a crear. En ese sentido, este disco dialoga con esa memoria desde el presente.
9. Cuando el público escuche Habitar el pulso por primera vez, ¿qué esperas que permanezca una vez que el último sonido se haya apagado?
Ojalá quede una sensación más que una idea. Que cada persona pueda reconocer algo propio en esa música, aunque su historia sea completamente distinta a la mía. Si el disco logra que alguien se detenga por un momento, respire, viaje, se sienta acompañado durante esos minutos, entonces siento que ya cumplió su propósito. Ya encontró su lugar.

